Tu Navegador esta des-actualizado, para que el sitio
funcione correctamente porfavor:

Actualiza tu navegador

×

Peninsula 3
Dólar — Compra:  Venta: I Euro — Compra:  Venta:
MENÚ

Por Jorge Castañeda G.* I 15/11/17 I

Mundo I

El legado del Che

— A 50 años de su muerte

Ernesto Che Guevara murió hace 50 años en la selva boliviana cerca de Vallegrande. Fue capturado en la Quebrada del Yuro, una árida barranca cerca del pueblo de La Higuera, donde pasó su última noche en una pequeña escuela que todavía está ahí. A la mañana siguiente fue ejecutado por órdenes del presidente de Bolivia y del funcionario de la CIA que estuvo presente en los interrogatorios. Su cuerpo fue llevado en avión a Vallegrande, donde fue exhibido a la prensa. Ahí se tomó la icónica foto del Guevara con parecido a un Cristo y que, junto con la foto de Alberto Korda tomada en la Habana en 1960 del Che con su boina con estrella, se hizo famosa y ha aparecido en millones de camisetas y posters en todo el mundo, un mundo que no reconocería.


    A medio siglo de su muerte, el legado y relevancia del Che es prácticamente nulo en término de sus aspiraciones y logros. Paradójicamente, sin embargo, se convirtió en un símbolo de cambios históricos con los cuales no se identificó, por los que no luchó y que maduraron después de su muerte. Se le recuerda mucho más por los significativos acontecimientos que ocurrieron menos de un año después de su muerte, cuando en 1968 cientos de miles de jóvenes salieron a las calles en docenas de capitales y universidades de todo el mundo y cambiaron la manera como viven ellos, sus hijos y sus nietos hoy en día.


    Guevara, un médico argentino, fue partidario de diversas ideas y causas durante su vida. 

   Aunque inicialmente fue un apasionado defensor de la alianza de la joven Revolución Cubana con la Unión Soviética, a mediados de los sesenta se convirtió en un crítico del papel crucial que Moscú jugaba en Cuba. Eso poco importó.


     En julio de 1967 cuando el premier Alexei Kosygin visitaba La Habana, Fidel Castro había alineado incondicionalmente a su régimen con la URSS. En agosto de 1968 Castro apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia y el fin de la Primavera de Praga. Del mismo modo, Guevara se había opuesto a la antigua dependencia de Cuba respecto a la caña de azúcar. Pero en 1970 Castro había comprometido a su país a producir 10 millones de toneladas de azúcar para la Unión Soviética, lo que afectó seriamente la economía de la isla aunque no

alcanzó su meta.


    El Che también luchó por crear un “hombre nuevo” bajo el socialismo en Cuba y contra los vicios del antiguo régimen, centrado en el turismo, la prostitución y el juego. No se hubiera imaginado que no sólo no habría un hombre nuevo en Cuba sino que, casi 60 años después de la revolución, una de las principales fuentes de ingreso de Cuba sigue siendo el turismo. La prostitución sigue vigente medio siglo después, en niveles similares a los de la época de Batista, y miles de cubanos tratan de abandonar la isla casi a diario y por cualquier medio. 


*Jorge Castañeda G. es profesor global de la Universidad de Nueva York.

    Guevara fue conocido por tratar de diseminar la Revolución Cubana. Trató de hacerlo como un agudo –pero finalmente equivocado– observador y participante de lo que en realidad ocurrió en la Sierra Maestra: una revolución a punta de pistola. Predicó la revolución a cientos o miles de entusiastas jóvenes en América Latina y África:dio su vida por ella y ellos la suya. Hasta 1979 en Nicaragua ninguno de los fuegos que él o Castro trataron de encender en toda la región sobrevivió, y mucho menos se incendiaron. Los resultados no fueron las gloriosas imágenes de los barbudos entrando en La Habana en enero de 1959, sino golpes militares, tortura, desapariciones y miles de estudiantes que perdieron la vida en vano.

    Cuando la izquierda finalmente llegó al poder en muchos países latinoamericanos, su ruta y características no se parecieron en nada a la visión de Guevara. Talentosos dirigentes sindicales y líderes indígenas, intelectuales carismáticos, intrigantes militares y persistentes alcaldes y legisladores gradualmente fueron escalando posiciones en los partidos políticos, sistemas electorales y gobiernos de sus países. Al llegar al poder, no gobernaron como el Che hubiera querido. Eran todo menos idealistas revolucionarios: reformadores socialdemócratas, globalistas moderados, demagogos nacionalistas, matrimonios corruptos, o dinastías y dictadores en ciernes. Algunos sacaron a millones de sus compatriotas de la pobreza y la desigualdad. Otros fortalecieron las instituciones democráticas. Otros lanzaron a sus ciudadanos a la miseria y la violencia, como en Venezuela.

    Pero los millones de jóvenes en todas partes que llevan la imagen del Che en el pecho son un producto de los que él llegó a simbolizar. Los estudiantes que salieron a las calles en Berkeley y Riverside Heights, en la ciudad de México y en el Barrio Latino de París, en Praga y en Milán, a sólo meses de su muerte, ya llevaban posters y banderas del mártir revolucionario. A diferencia de su héroe, ellos sí cambiaron al mundo en buena medida, aunque obviamente no de la manera que él hubiera querido. La suya fue una rebelión existencial, cultural, generacional y antibélica que sentó las bases de las libertades que hoy disfrutamos, al menos en las naciones occidentales, en América Latina y en parte de Asia.

    La libertad de las mujeres para usar su cuerpo como ellas decidan y para luchar contra abusos de todo tipo; la libertad de la gente de color para elegir a quien prefieran y para luchar contra el racismo donde aparezca; la libertad de los estudiantes universitarios para participar en el diseño y ejecución de los planes educativos; las cada vez mayores posibilidades para las personas con diferentes orientaciones sexuales para salir de las sombras: todas esas alegrías de la vida en el siglo XXI se derivan, de una u otra manera, de esos años sesenta.


    Guevara se convirtió en un ícono cultural, no uno político o ideológico. El mundo de hoy es mucho mejor que aquel en que creció la generación que le siguió. Es mucho menos pobre, menos desigual y mucho más tolerante, diverso e ilustrado.


    ¿Entonces a cuál Che debemos recordar? ¿Al autócrata que ejecutó a cientos de colaboradores de Batista en las afueras de La Habana en 1959? ¿Al despeinado guerrillero capturado en humillantes circunstancias en Bolivia? ¿Al guerrero cuya irreverencia es un símbolo en todo el mundo? ¿O al involuntario ícono de la revolución cultural de 1968, al que le debemos la vida que hoy vivimos? Él hubiera preferido que se le recordara como el mártir revolucionario, pero los que le sobreviven hoy en día sólo pueden agradecerle, muy a su pesar, que se haya convertido en el ícono cultural que es. Ese es su legado, su relevancia y su gloria.


Artículos Relacionados

El Che fue sacrificado

Por Ana Fernández

15/11/17