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Por Maggy Donaldson / Foto: Paul J. Richards I 10/06/17 I

Mundo I

Vuelve el LSD

— Microdosis para el ánimo y la concentración ganan adeptos

 Para salir de una depresión, la escritora Ayelet Waldman probó varios tratamientos en vano. Finalmente encontró la solución en una ampolla de LSD diluida, como otros adeptos a las “microdosis”, una tendencia en boga en Estados Unidos.


   “Me estaba empezando a sentir francamente suicida”, dijo esta ex abogada de 52 años, de San Francisco, California. 


    Pensando que no tenía “nada que perder”, colocó un día solo dos pequeñas gotas de la psicodélica sustancia en su lengua... Y muy poco después, su abatimiento se esfumó, contó.


   “Dado que la otra opción era la muerte, o una angustia muy parecida a la muerte” no había razón para, al menos, no intentar algo diferente para tratar de sentirse mejor, se justifica. 


   Waldman explica que recuperó el ánimo con las “microdosis”, una práctica ilegal que consiste en ingerir una cantidad muy limitada de drogas psicodélicas, a menudo LSD u hongos alucinógenos. 


   El objetivo no es experimentar estados alterados de conciencia sino aumentar el rendimiento en el trabajo y la creatividad, o, como en su caso, tratar una serie de afecciones, incluyendo trastornos anímicos.


   “Desde el primer día me sentí mejor. La depresión simplemente se fue, es increíble”, recuerda la novelista. 


   Ella le atribuye la mejora de las relaciones con su entorno y de sus condiciones de trabajo a su administración diaria de LSD: cerca de 10 microgramos de ácido por día, o una décima parte de la dosis que produce sensaciones “caleidoscópicas”. 

“Tenemos más energía”

Estas dosis han cambiado su manera de escribir, aseguró. “Tu mente se mueve rápido pero no de manera imprevisible, con una especie de concentración muy agradable”.


   La “microdosis” tiene adeptos más allá del círculo de aventureros de la psicodelia, especialmente entre los jóvenes profesionales de Silicon Valley en California que buscan impulsar sus carreras. 


   Su creciente popularidad se debe a influyentes programas de radio y... al último libro de Ayelet Waldman, en el que describe cómo esta droga microdosificada la ayudó a salir de la montaña rusa maníaco-depresiva en la que se encontraba. 


   El LSD es una droga sintética que se popularizó en los años de la contracultura en la década de 1960. En grandes dosis, puede producir alucinaciones y alterar considerablemente la percepción y las funciones cognitivas durante largos períodos. 


   Un hombre de 29 años que trabaja para un medio de comunicación en Washington contó que había tomado microdosis de esa sustancia para trabajar media docena de veces el año pasado. 


   El experimento le ayudó a mantener la concentración: “Tienes más energía, el núcleo de tu conciencia está ahí y tal vez estás un poco más conectado con lo que te rodea”. 


   Otro joven de 25 años lo describió como una “euforia muy suave” y “una mayor concentración”. “Yo creo que se debe a la capacidad del LSD para hacer todo interesante y coherente” sostuvo. Y explicó que así le daban “ganas de trabajar”.


Riesgos desconocidos

A largo plazo, no se conocen los riesgos potenciales de toxicidad, dice Matthew Johnson, un experto en adicciones a sustancias de la Universidad Johns Hopkins. 


   Por ahora, dijo, las microdosis “no se estudian en absoluto” por razones jurídicas y financieras. 


   Desde 1966 se han aprobado varias legislaciones que condenan el uso del LSD.  El gobierno de Estados Unidos lo clasifica entre las sustancias alucinógenas prohibidas desde 1970, en la misma categoría que la heroína, la psilocibina (el ingrediente activo de ciertos hongos) y la mescalina (extracto de cactus, o sintetizada en un laboratorio), por lo que se interrumpió el estudio de las drogas psicodélicas como posible medicamento. 


   Entre los peligros obvios de esta práctica se encuentra la posibilidad de ingerir sustancias adulteradas o mal dosificadas, estimó Johnson. Además, como las dosis son muy pequeñas, el efecto percibido como positivo bien podría tratarse de un efecto placebo, concluye. 

Galeria
Universidad Johns Hopkins

Universidad Johns Hopkins

 Universidad Johns Hopkins

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Roland Griffith y Matthew Johnson

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Ayelet Waldman

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