Tu Navegador esta des-actualizado, para que el sitio
funcione correctamente porfavor:

Actualiza tu navegador

×

Peninsula 3
Dólar — Compra:  Venta: I Euro — Compra:  Venta:
MENÚ

Jorge Castañeda Gutman* / fotos: AFP I 05/04/17 I

País I

Trump y las opciones de la resistencia

Jorge Castañeda Gutman*

Cada vez hay más países y gobiernos conscientes de la amenaza que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, representa para el orden jurídico internacional, los derechos humanos, el libre comercio y la democracia representativa, y cada vez se hacen más visibles las opciones en materia de resistencia para enfrentarlo. Parece haber tres escuelas de pensamiento que compiten en atención y apoyo, pero no son mutuamente excluyentes o incompatibles, como veremos.

   En primer lugar, está la opción de esperar a que Trump se desgaste solo, con la esperanza de que tenga un colapso, lo destituyan o se debilite a tal grado por las filtraciones que pronto quede lisiado; lo mejor sería que lo destituyeran con base en la enmienda 25 de la Constitución de Estados Unidos. La segunda opción es menos optimista: aceptando que Trump probablemente termine su primer mandato, forjar alianzas con la resistencia interna a Trump en Estados Unidos. En otras palabras, dentro del Partido Demócrata, en los medios de comunicación y en la sociedad civil organizada, y con todas las instituciones norteamericanas que se opongan a Trump (universidades, fundaciones, iglesias, sindicatos).  

   Finalmente, la tercera opción implica recurrir al sistema judicial de Estados Unidos para enfrentar a Trump, ya sea contra la prohibición de viajar para los musulmanes, el muro fronterizo con México, las aportaciones a la ONU, las deportaciones y la separación de familias o la restricción de fondos de ayuda a África, sobre todo en los temas de aborto y sida.

   Como lo han señalado muchos observadores —en particular Jeffrey Sachs, colega de Project Syndicate— hay razones válidas para creer que Donald Trump no sobrevivirá al escándalo de los oligarcas rusos. El asunto no es tanto si los espías de Vladimir Putin intervinieron los servidores de la sede del Comité Nacional de los demócratas, o si sabotearon la campaña de Hillary Clinton. Los verdaderos temas tienen que ver con los vínculos de Trump de hace años con miembros de la oligarquía rusa, incluyendo préstamos que recibió de bancos alemanes y rusos cuando nadie le prestaría un quinto; sus negocios con los mismos oligarcas rusos en Rusia y en otros países; si los servicios de inteligencia rusos tienen evidencias para chantajearlo; y si los espías norteamericanos, franceses, ingleses y bálticos saben esto y están dispuestos a filtrarlo a los medios estadounidenses. En muchos sentidos Trump tiene razón: la comunidad de inteligencia de su país lo está persiguiendo y los medios están desesperados por resaltar las filtraciones que reciben. 

   Si la popularidad de Trump sigue en declive y los demócratas empiezan a oler sangre en tanto los republicanos temen perder puestos en el Congreso en 2018, es muy posible que el tenor, detalle y seriedad de las filtraciones empiece a aumentar. En determinado momento ya sea el gabinete o suficientes republicanos en la Cámara de Representantes podrían considerar el inicio de un proceso contra el Presidente. Podrían tener éxito, o bien aun fallando podrían debilitarlo a tal grado que lo hagan irrelevante hasta el final de su mandato. ¿Suena muy loco? Sin duda, pero hay tantas cosas que parecían improbables hace poco más de año y medio. 

   La segunda opción es una apuesta más segura. Los demócratas en el Congreso, como resultado de la presión de sus bases electorales, han iniciado un ataque brutal contra las iniciativas de Trump, desde la derogación del Obamacare al financiamiento del muro fronterizo e incluyendo el recorte al presupuesto del Departamento de Estado. Y no lo hacen sólo porque no les guste la persona o sus políticas. Se sienten presionados por los demócratas de a pie que asisten a las reuniones que convocan con los electores en diversas poblaciones, por las innumerables llamadas que reciben en sus oficinas en el Congreso, por las demostraciones y por las encuestas. La gente que votó por Clinton (una mayoría de los estadounidenses) y que podría votar por los demócratas en 2018 quiere una guerra abierta contra Trump, no arreglos y concesiones. Gobernadores demócratas de varios estados han interpuesto demandas contra las prohibiciones de Trump para viajar desde ciertos países y los alcaldes demócratas de muchas ciudades han reafirmado sus estatus de santuarios de inmigrantes.


*Jorge Castañeda Gutman es Profesor global de la Universidad de Nueva York

   Pero la sociedad civil norteamericana también está levantada en armas. El “levantamiento” se inició con la marcha de las mujeres en Washington en marzo. Continuó con el aumento de donativos a diversos grupos, como la American Civil Liberties Union (ACLU) —que son los autores de las principales demandas legales contra los decretos de Trump— e incluye a los presidentes de 500 universidades y muchas organizaciones religiosas, como la iglesia católica. Todos ellos se están organizando y movilizando grupos de apoyo para contrarrestar las reformas de Trump. Quizá no se había visto tanto activismo en Estados Unidos desde los ochenta con Reagan y sus guerras en Centroamérica.

   Todos estos son aliados naturales de las víctimas de Trump en el exterior. Tienen enraizadas simpatías por los migrantes, los refugiados, los derechos humanos y otras causas progresistas en todo el mundo. Ya sea en la lucha contra el muro fronterizo de Trump, defendiendo los Acuerdos de París sobre cambio climático o recibiendo refugiados de Siria en Canadá y Alemania, estos sectores de la política y la sociedad estadounidenses pueden ser una importante fuente de apoyo para otros países y causas. Hoy son una minoría en el Congreso y en las cámaras de los estados, pero esto no tiene que ser así para siempre y las minorías, ya sean políticas, étnicas o legislativas, tienen muchos instrumentos para defenderse de las mayorías abusivas. Esto ya está sucediendo.

   La tercera opción está vinculada a la segunda. Se trata de utilizar el sistema judicial de Estados Unidos y a los aliados internos mencionados antes, para resistir las políticas de Trump que afectan a terceros países o a sus ciudadanos. En algunos casos los grupos internos podrán actuar a nombre de otros países o de sus nacionales; en otras instancias los gobiernos, empresas o individuos de otros países podrán tener representación en las cortes de Estados Unidos. Hay convenciones internacionales que Trump eventualmente podría violar, lo que provocaría demandas de gobiernos ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya (aunque George W. Bush limitó el cumplimiento de los fallos de la CIJ durante su mandato). Hay suficientes abogados en Estados Unidos dispuestos a llevar casos, a menudo sin cobrar, ya sea para cuestionar la constitucionalidad de los decretos de Trump o para demandar al gobierno federal por violaciones civiles, religiosas o de derechos humanos derivadas de esos decretos.  

   Muchos de esos casos se perderán, o quizá cuando lleguen a la Suprema Corte con una nueva mayoría conservadora —una vez que sea confirmado el candidato propuesto por Trump—  serán rechazados aun si se ganaron en niveles judiciales inferiores. Sin embargo, esto compra tiempo. Si la primera opción resulta válida y el Presidente pierde poder rápidamente, el tiempo será esencial. Es por eso que la mejor receta para la resistencia claramente consiste en una combinación de las tres opciones descritas: esperar, encontrar amigos y litigar. Sería preferible que estos recursos no fueran necesarios; desafortunadamente sí lo son.

                                                             * Profesor global de la Universidad de Nueva York

Galeria
AFP

AFP

AFP

AFP


Artículos Relacionados

A 500 años del descubrimiento de Yucatán

Por Rodolfo Menéndez Menéndez*

01/09/17

A un año del cambio

Por Manuel González*

01/09/17